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Carta a Marcelino, del Padre Catherin Servant, Misionero viajando a Oceanía, desde Valparaíso el 14.06.1837

San Marcelino
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El P.Catherin Servant era un de los ocho componentes del primer grupo de misioneros maristas enviados a Oceanía.

El grupo partió en el día 24 de diciembre de 1836 del puerto del Hâvre, en el velero Delphine, que les transportó hasta Valparaíso, en Chile, empleando seis meses de tiempo para la travesía. Permanecieron casi dos meses en Valparaíso, aguardando la oportunidad de embarcar en alguno otro velero que fuese en dirección de Polinesia. Es precisamente en los primeros días de ese período de espera que el P.Catherin escribió esta carta. En ella comunica la muerte del P.Bret, uno de los misioneros, fallecido durante la travesía atlántica. Después de tan largo viaje, enfrentando tantos peligros, dificultades e incomodidades en el mar, se comprende la efusión de sentimientos religiosos del texto de la carta.

Es de notarse también el grande aprecio del P.Servant por el P.Champagnat, por la casa de l´Hermitage y por los Hermanos, que él evoca con añoranza. La Circular que el P.Champagnat escribió a los Hermanos en diciembre de 1837 reproduce por entero esta carta del P.Servant (Carta 164). (Cfr. H.Ivo Strobino, nota introductoria al texto, Cartas Passivas )

 

Valparaíso, 14 de junio de 1837

Querido Padre y Superior:

Aprovecho la presente ocasión para darle motivo de bendecir a la divina Providencia, que vela sobre nosotros de un modo muy particular. Son ya seis meses que recorremos los mares, aun cuando de ordinario tres o cuatro meses bastan para la travesía del Hâvre a Valparaíso. Ya están al tanto de nuestra escala en Santa Cruz (isla de Tenerife). Los vientos contrarios nos han retenido mucho tiempo en el cabo de Hornos, pero, en fin, nos acercamos a las islas deseadas; tal es el tema de nuestra alegría. Se suspira por esas islas que la voluntad divina debe hacernos mirar como nuestra verdadera patria.

Es cierto que de vez en cuando encontramos tribulaciones, enfermedades para algunos de nosotros, inclemencias del tiempo que nos retardan en nuestro trayecto, tempestades, accidentes que causen miedo, pero ¡qué suaves y ligeros son los males siguiendo la voluntad de Dios! Las inclemencias del tiempo, por fastidiosas que sean, son fenómenos bellos considerados en el orden de la Providencia.

Entre las cruces de las que le hablo hay una cuyo sacrificio nos habrá costado muy caro. El Padre Bret, que había comenzado a estar enfermo al terminar la escala en Santa Cruz, fue atacado de fiebre cuando abandonamos la rada. Se redoblan para con él los cuidados y la actividad; el mal parece disminuir durante algunos días, pero pronto la cosa se vuelve más seria que nunca. El lunes santo por la mañana, según su costumbre se levanta momentáneamente y dice al Padre Chanel: Ya veo que es mi fin. No se equivocaba. Por la tarde entra en una dulce agonía y a las siete se duerme en la paz del Señor. ¡Qué paciencia admirable en sus sufrimientos! ¡Cómo no quería decir nada de ellos! ¡Qué agradecido por todos los servicios que se le podían prestar! ¡Qué exactitud en tomar los remedios, aun los más desagradables al gusto! Sin embargo cuántas gracias nos concede Dios en nuestras pruebas. ¡Cómo sabe consolarnos y aliviarnos en nuestras penas!

De vez en cuando tenemos la dicha de celebrar los santos misterios y recibir la Sagrada Eucaristía, el pan de los fuertes. !Oh qué contento estoy en mi vocación! ¡Qué consolador dedicarse a la conversión de las almas que valen más que todos los tesoros del mundo! Me parece, querido Superior, ver a los Hermanos del Hermitage, quienes por sus oraciones y sus actos hechos por obediencia hacen a María una santa violencia y contribuyen de ese modo al servicio de la misión.

En espera de la partida de Valparaíso, que será cuando Dios quiera, vivimos en casa de la administración que pertenece a los misioneros de la Congregación del Sagrado Corazón de Jesús y de María. Esta casa me recuerda el lugar de retiro de esos hermanos a los que tanto quiero por haber inscrito mi nombre en la lista que encierra la urna que representa el corazón de la mejor de las madres, en esas fiestas de la gran protectora de la querida Sociedad de María.

Hemos sido los hijos predilectos de la divina Providencia durante todo el trayecto del Hâvre a Valparaíso, y no dejamos de seguir favorecidos cuando entramos en esta ciudad. ¿Monseñor de Maronée tiene necesidad de informes sobre nuestras islas? Llega de Otaití el vicario general de Monseñor de Nilopolice. ¿Quiere a alguien para ayudarle inmediatamente en los preparativos de la salida? Llega de California el buen Hermano Colombán, de la Congregación del Sagrado Corazón de Jesús y de María, que es experto en esta clase de negocios y puede serle de gran utilidad.

Lo que yo debía decir de la tierna Madre está sobre toda expresión. Una sola cosa le ruego que observe y es que los sábados eran día privilegiado, el viento se volvía casi siempre favorable.

Los Hermanos que nos acompañan han tenido durante el trayecto cada uno sus pequeñas penalidades: el Hermano Miguel ha sufrido mucho dolor de muelas; el H. Marie Nizier ha experimentado dolores de cabeza, pero en cuanto a enfermedades, ha sido de los más privilegiados. Ahora todos van de maravilla. Me encargan que le diga que están contentos por encima de todo lo que puedan expresar. Le presentan sus muy humildes respetos y su amistad para cada uno de los Hermanos.

Su muy afectuoso en el Corazón de Jesús y de María,

Servant, misionero apostólico.

 

Edición: CEPAM

fonte: Cahier 48L. 05; AFM, 111.27

Fuente : www.champagnat.org

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