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Un joven pide dirección espiritual. Tras el discernimiento, te corresponde, ante Dios, tomar tus decisiones.

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El padre abad recibió la nota de un joven aspirante a la vida del monasterio. Descubrió en seguida su buena fe y su deseo de ser ayudado.

Se sentó en la computadora y empezó a escribirle, con sus mejores deseos, un mensaje de acogida, además de ofrecer las primeras indicaciones.

 

“Te mando un saludo esperando estés muy bien. Con estas líneas quiero responder a tu petición de empezar conmigo un camino de acompañamiento espiritual.

 

Cuenta con mi plena disponibilidad. Quiero, además, dejarte libre para que, después de los primeros encuentros, veas si crees que puedo ayudar o prefieres buscar a otro sacerdote de la comunidad como director espiritual.

 

Antes de la primera cita, creo que es bueno recordar que una dirección espiritual se sitúa en un clima de fe: tú y yo creemos en Cristo, deseamos conocer más al Padre, intentamos escuchar al Espíritu Santo.

 

Además, nos movemos dentro de la Iglesia, que es nuestra Madre y Maestra, que intenta ser fiel a Cristo y que camina, con sus límites, pero siempre con esperanza, entre los hombres hacia la meta definitiva del cielo.

 

En el caminar cotidiano, necesitamos tomar el Evangelio como referencia, y escuchar a Cristo que nos invita a ser perfectos como el Padre, a negarnos a nosotros mismos, a tomar la cruz cada día, a hacernos como niños.

 

Solo en ese contexto verdaderamente cristiano, nuestros encuentros podrán tener algún provecho. Porque no se trata simplemente de resolver dudas, de dar ánimos en momentos de desaliento, de moderar ímpetus de sacrificios exagerados.

 

Lo único importante es abrirnos a Dios y aprender a identificar Su voz en medio de tantas otras voces que pueden distraernos, o engañarnos, incluso con apariencia de bien (el demonio puede presentarse como si fuera ángel de luz, cf. 2Cor 11,14).

 

La voz de Dios, como dicen algunos autores, se hace presente en muchos lugares y modos. Es sencilla, respetuosa, a veces insistente, pero nunca suprime nuestra libertad.

 

Dios no nos quiere esclavos, ni miedosos, ni mercenarios. Nos acoge como hijos. Y un hijo vive sereno, tranquilo, con una libertad interior que embellece cada paso de nuestra vida interior.

 

Dos últimas ideas en este primer saludo. Es muy importante lo que lees, lo que escuchas, lo que ves. Cada uno nutre su corazón desde miles de mensajes que llegan por los oídos y por los ojos.

 

Por eso, es necesario escoger a buenos maestros y guías para tus lecturas, que podrás encontrar, sobre todo, en la Biblia, y, luego, en muchos católicos de los primeros siglos o más cercanos a nosotros.

 

La segunda idea es que no esperes de mí una solución rápida para todo. No quiero decirte lo que tienes que hacer, sino que me gustaría que escuchásemos juntos lo que ocurre en tu alma para discernir qué viene de Dios y qué viene del mundo, del demonio o de la carne.

 

Luego, tras el discernimiento, te corresponde, ante Dios, tomar tus decisiones. Como hijo, en libertad, y como parte de la gran familia de nuestra Iglesia católica.

 

Te dejo por ahora. Rezaré por ti para que Dios te acompañe en este momento de decisiones tan importantes. Reza por mí, para que pueda ser un hermano que se abre a la acción de Dios y que busca solamente el Reino de Dios y su justicia...”.

 

Fuente : http://es.catholic.net/

 

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